El feminismo que defendemos no es una cuestión de identidades. Es todo lo contrario. Es el rechazo de todas las clasificaciones, de todas las etiquetas, de todos los roles impuestos. Porque las identidades no son una riqueza que conservar, sino jaulas construidas por los sistemas de dominación para dividir y controlar.

El género no es algo que se lleve con orgullo, es una asignación social violenta. Es una estructura, no un sentimiento. Y nuestro objetivo no es hacerlo más fluido o multiplicarlo, sino hacerlo desaparecer.

Los posmodernos quieren hacernos creer que las identidades son la clave de la emancipación. Que cada quien debería poder afirmar “lo que es” y ser reconocido.

¿Pero reconocer qué? ¿Roles sociales, opresiones, orígenes inventados por el poder? Eso no es la liberación. Lo que hay que hacer es abolirlos todos. Porque fueron creados únicamente para servir al orden establecido.

Nos enseñan a decir “yo soy” en lugar de “nosotras luchamos”. Nos empujan a agruparnos por categorías, a fragmentar nuestra fuerza colectiva. Pero no venceremos al patriarcado con identidades, sino con solidaridad, organización y lucha contra las estructuras de poder: el Estado, la propiedad, el trabajo impuesto, la familia burguesa.

El feminismo liberal solo quiere redistribuir los roles dentro del sistema. Sueña con directoras generales, ministras “inclusivas”, figuras simbólicas dentro de estructuras intactas. Se conforma con un poder repintado, mientras nosotras queremos destruirlo. Nunca cuestiona la jerarquía en sí, solo quién puede escalarla. Y en esa confusión, algunas caen en una trampa reaccionaria: la misandria. Pero odiar a un grupo entero por un rol social impuesto por el sistema es hacerle el juego al género que se pretende combatir. Es olvidar que muchos hombres también están atrapados en las cadenas de la dominación, entrenados para dominar mediante el adoctrinamiento patriarcal. No hay que destruir a los individuos, sino al sistema que los produce. La misandria no libera a nadie: divide, refuerza el género, alimenta el resentimiento y el individualismo en lugar de construir la revuelta. Es por tanto reaccionaria, igual que la misoginia que pretende revertir.

El capital siempre ha sabido integrar las identidades para sobrevivir. Las transforma en mercados, en banderas, en consignas. Adora que se hable de inclusividad mientras no se hable de clase, de propiedad, ni de insurrección.

Así que no, no somos “identidades en lucha”.

Somos explotadas y explotados en revuelta. No queremos ser visibles, queremos ser libres. Y para eso, no hacen falta más identidades: hace falta su fin.
Ni género.
Ni naciones.
Ni roles sociales que cumplir.

No hay feminismo sin lucha de clases.
No hay revolución sin destrucción del orden social.
No hay liberación en el odio, ni futuro en la misandria.

No nos reconocemos, nos levantamos.
No nos definimos, atacamos.
Y construimos otra cosa. Juntas.

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